Un siglo de Concherías

Bermúdez, Manuel. “Un siglo de concherías”. La Nación. Ancora (San José, Costa Rica), 11 de diciembre de 2005, p. 2

 

Aquileo Echeverría, además del consagrado poeta, fue un personaje curioso, entusiasta como un niño.

A cien años de la publicación de su primera edición, aparecida en 1905, cabe volver sobre una de las obras esenciales de la literatura costarricense, el conjunto de romances del poeta Aquileo J. Echeverría, conocido como Cónchenos y que recientemente tuvo una cuidada edición por parte de la editorial Legado.

Aunque este autor ha sido convertido en toda una institución y muchos esperan de él una figura solemne que recogió el habla popular como una rareza, lo cierto es que Aquileo es el poeta de Costa Rica, pero a la vez es una figura curiosa, inquieta como un niño, entusiasta, pícaro y uno de los hombres proverbialmente más simpático que ha teñido este país.

Aquileo y la bohemia. El díscolo muchacho que aborrecía las lecciones nació en San José, el 22 de mayo de 1866. Se enlistó en el ejército para ir a luchar a Nicaragua contra Justo Rufino Barrios en 1885, pero como la guerra terminó a poco de empezada, su brevísima experiencia militar le sirvió para desplazarse hasta Nicaragua y probar allá alguna aventura para su espíritu inquieto.

Como le era propio, con simpatía proverbial y su sentido del humor, pronto cosechó amigos. A las puertas de una vida bohemia, de tertulias y literatura, conoció a un dilecto amigo y compinche, el poeta Rubén Darío.

A su regreso a Costa Rica, la decisión estaba tomada, la academia no era para él, su mente inquieta, su espíritu inquieto y su gran sensibilidad lo llevaron a ser lector voraz, pero necesitaba la calle, la aventura, la conversación.

Empezó entonces a publicar con pseudónimo algunos versos y epigramas en periódicos como La República, Costa Rica Ilustrada, El Comercio y en una provocadora publicación que él mismo dirige y que lleva al nombre sugerente de Boccaccio.

En 1887, el gobierno lo nombró secretario en la embajada en Washington por lo que le correspondió asistir a la firma del acuerdo de límites de Costa Rica y Nicaragua.

Al poco tiempo regresó al país, pero su vida errabunda lo llevó a El Salvador donde mantuvo su labor en el periódico La Unión, que en 1889, llegó a dirigir su entrañable amigo Rubén Darío. Pero Aquileo vuelve a Costa Rica y poco tiempo también Darío.

Nuevamente vuelverían a coincidir en labores periodísticas. Una elocuente nota que envió Darío a Aquileo, y que se mantuvo guardada como recuerdo, refleja la cotidianidad de aquellos compinches.

Dice: Aquileo: “Si contribuís con un peso, vamos a almorzar juntos. Vino a discreción. Pero ya”. Rubén: “Búscame por la ventana de la oficina. Pero antes contéstame con el portador sí o no”.

Pese a su cercanía con el portento poético de Rubén Darío, Aquileo Echeverría arriesgó con una forma literaria propia, inédita y que consistía en una producción poética a partir de guardar la mayor fidelidad posible al habla popular.

Las andanzas de estos dos escritores y bohemios los separaron cuando el tico viaja a Guatemala, donde trabajó en periódicos y hasta puso un café que fue centro de tertulia intelectual, mientras el nica viajó a Buenos Aires.

Pero una vez más la aventuras empresariales del poeta nacional fracasaron, y volvió a Costa Rica. Desde la capital argentina le escribió su amigo y le dijo: “Hágase serio por una vez en su vida y véngase para acá”.

Pero Aquileo no acogió la propuesta de marcharse, aunque quizás sí la de ponerse serio, pues se casó con María Dolores Flores y se fue a vivir a Heredia en la finquita que le regaló su suegro.

En esos años recogió el material esencial de sus historias de conchos, pues en casi todas fue testigo o protagonista. Puso una pulpería, condenada también al fracaso de sus torpes manejos administrativos, pero que le sirvió de vínculo con el hacer y decir de sus vecinos campesinos. Darío celebró los romances de Aquileo y sin dudas lo llamó el poeta de Costa Rica en un prólogo elogioso que se ha respetado en muchas de las ediciones posteriores a la de 1909.

El decir campesino. La atrevida obra del joven poeta apareció junto a romances, poesías y otras formas poéticas en muchas revistas de la época y la demanda de sus lectores hizo que las reuniera en algún volumen.

Al presentar la primera edición de Concherías, Roberto Brenes Mesen, señaló el valor literario de esta propuesta, e incluso su importancia filológica, pues muchas palabras señaladas como impropias son arcaísmos y algunas responden a leyes fonéticas que rigieron la formación del castellano.

Incluso, titular estos romances con el nombre de Concherías, ya es toda una declaración por parte del autor, pues, según dice Brenes Mesen, el término “concho” para referirse al campesino apenas tiene pocos años de ser utilizado por los costarricenses, en particular por los josefinos.

En su estudio Ángela Baldares retoma ese valor filológico de las Concherías, al transcribir intentando la mayor fidelidad posible al habla popular.

Con el análisis fonológico, morfológico y sintáctico de estos versos demuestra el valor que tienen para el estudio de la lengua y su comportamiento en el pueblo costarricense. Esto sólo fue posible por el interés del mismo autor de mantener una grafía correspondiente a la pronunciación.

Este respeto no fue visto de esta manera y, con torpeza, aunque quizás sin mala intención, el texto ha sufrido supuestas correcciones que hicieron que algunas ediciones se consideren completamente intervenidas y alejadas de la intención y valor por el que el mismo Aquileo apostó.

La grafía de Concherías varía en las distintas ediciones, por ejemplo, la de 1927. El celo correctivo de filólogos y editores hizo que en varias ocasiones fueran sustituidas las “y” por “ll”, la “b” por “v” y la “s” por “c”, según la norma gramática, pero con eso irrespetaron el intento del autor de señalar que las pronunciaciones “U”, “v” y “c” no existen en el habla del campesino tico. Estos errores de excesivo celo correctivo se mantienen, aunque quizás de manera más justificada, en la edición de Clásicos del Istmo, colección que impulsó el gobierno guatemalteco de Arévalo Martínez en 1948, con un bello prólogo de Georgina Ibarra.

El mismo Aquileo J. Echeverría destacó en la edición de 1909 en Barcelona que la publicación contaba con su propia corrección y revisión, pero esto tampoco fue respetado por el voraz entusiasmo de los correctores.

Situación que recuerda una caricatura de Quino en la que una trabajadora doméstica ordena no solo el desbarajuste en la sala de un apartamento, sino incluso los elementos de una reproducción de Guernica que cuelga en la pared.

Según la doctora María Amoretti, de orientación sociocrítica, se pueden plantear al menos dos hipótesis, al respecto de las correcciones. Por un lado, el intento de reducir la dificultad del lector al topar constantemente con formas escritas que le son desconocidas. Por otra parte, un celo de corrección asentado en la percepción que los editores quieren promover del costarricense.

Amoretti, quien ha estudiado con especial interés a ese otro referente de la identidad literaria costarricense que es Manuel González Zeledón (Mogón), así como al autor de la letra del Himno Nacional de Costa Rica, José María Billo Zeledón, no deja de destacar que ambos eran primos de Aquileo.

En estas tres figuras se asienta mucho de la imagen que el costarricense ha aprendido de sí mismo.

Aunque, al igual que Magón, Aquileo tiene un matiz de humor infranqueable, éste se debe a la comicidad propia de las situaciones que escribe. Sin embargo, no deja de existir un tinte burlón, choteador que prima en la idiosincrasia costarricense.

Últimos años. Aquileo J. Echeverría enfermó en 1902, precisamente en los años en que su labor era más productiva y en que había definido con claridad su devoción al habla y costumbres nacionales. Con apoyo del gobierno viajó a París en agosto de 1908, para intentar algún alivio y para realizarle uno de sus sueños. Pero en la capital francesa mantuvo su vida alegre. Luego viajó a Barcelona, donde editó a principios de 1909 sus Concherías con una dedicatoria a Manuel María Peralta, una presentación de Antonio Zambrana y el célebre prólogo de su entrañable Rubén Darío.

Murió el 11 de marzo de ese año, poco antes de cumplir 43 de vida. El 22 de mayo del año próximo (2006) se cumplirán 140 de su natalicio.

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