Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos

Víctor J. Flury. “Nuestro Principito. Un hito en la crónica de los derechos humanos”. La Nación (San José, Costa Rica),  11 de julio de 2003, p. 19A


Byron Moreno / La Nación

El libro de Joaquín Gutiérrez, Cocorí, está hoy en el ojo de la tormenta. A 56 años de su publicación, y en medio de un debate que no cesa, pocos recuerdan que este ya clásico cuento pertenece a la literatura, no a la historia de las ideas o de las doctrinas.

Pocos recuerdan, asimismo, que a lo largo de sus 80 páginas lo que se desarrolla es una fábula selvática y apasionada, a partir de las andanzas de un chico negro en busca de la verdad.

La verdad de la existencia ¿Qué duda cabe?, cuyo símbolo es una rosa, como la flor es el símbolo existencial de El principito, obra maestra de Saint-Exupéry (“soy responsable de mi flor…”, declara el principito); y comparo los dos textos porque ostentan el mismo tono y un similar afán de aprender de la realidad, aunque Cocorí guste más de la picaresca que su hermano de ficción.

La relectura de Cocorí permite, ahora, apreciar dicha semejanza oculta y ver cómo Joaquín Gutiérrez nos remite al término de su faena hacia una categórica elección entre vivir y durar.

Vivir y durar. Vivir es lo que hace la rosa, darse íntegra a la dulzura y el perfume; durar, lo que hacen los centenarios don Torcuata, temible caimán, o Talamanca la Bocaracá, terrible serpiente, ambas extendidas a lo largo del tiempo de un modo mezquino y perverso.

¿Y qué es lo que pone en marcha toda la aventura? El precoz amor del güila por una chica rubia; y aquí hay un corto respingo de la trama: el contacto inicial de la chica y Cocorí provoca una crisis (de extrañeza en ella, de vergüenza en él) que ha llevado a algunos críticos a hablar de discriminación, de antinegritud.

Una calificación que, a mi juicio, es errónea y precipitada. Porque el relato sigue, y los protagonistas de la escena superan la discordia y rectifican el pasmo original.

La otredad no dirige, entonces, el cuento. Al revés: la escritura, de acuerdo con sus reglas, traza el conflicto y le aporta una solución que (creo yo) reconcilia los espíritus.

“Cocorí soy yo”. ¿Qué diría Joaquín Gutiérrez de su protagonista, en caso de que pudiera terciar en la polémica? Algo vecino, supongo, a aquella gran frase de Flau-bert respecto de su mejor novela (también muy discutida): “Madame Bovary soy yo”, lo que –en el punto que abordamos– arrojaría el siguiente resultado: “Cocorí soy yo”. Una definición exacta. Porque el autor, hoja tras hoja, se identifica con su criatura negra y es igual a Cocorí; y desde tal perspectiva retrata el mundo que lo rodea y sus mecanismos básicos.

Que esto haya ocurrido en 1947, y dentro de Costa Rica, no deja de causarnos perplejidad. Eran épocas en que las sociedades occidentales no percibían a los afro-caribeños: los negaban llana y lisamente.

Discurso literario. De allí que Cocorí, el cuento, y Cocorí, el personaje, representan un hito en la crónica de los derechos humanos; y habría que pedirles a quienes piensan lo contrario que traten de compaginar dos cosas: la situación del país a fines de los 40 y las características del discurso literario que, a menudo, es tan imperfecto como lo que pinta y a su vez tan revelador como lo que adivina.

Por ejemplo, el libro adivina la necesidad ecológica mediante un sugestivo rodeo: personifica a la tortuga, el mono, el hombre… y los reúne gracias a un objetivo, una leyenda comunitaria, un mito natural, mientras teje afinidades y armonías.

Siento que Cocorí es nuestro Principito; y el hecho de que el héroe sea negro no me parece un hecho baladí. Al contrario, fue y es un acto inspirado del escritor, de cuyas cenizas –a la inversa de lo que dice el refrán­– todavía queda mucho fuego.

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