Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el país de las maravillas

La ciencia y las tradiciones de culturas muy  antiguas, como la griega y la china, han logrado establecer que el cerebro humano está compuesto por dos hemisferios que se alternan en el desarrollo de los procesos cognitivos y conductuales. Un hemisferio izquierdo que responde a lo racional y otro, derecho, que funciona más con lo intuitivo. Platón, en el siglo V a. C. ya los había definido, respectivamente, como logistikon y nous, para separar lo lógico y ordenado, de lo sentimental y no secuencial.

Se dice que en los ingenieros y los científicos predomina el uso del lóbulo izquierdo, mientras que en los artistas el sector derecho, aunque obviamente, ambos funcionan de modo simultáneo y alternativo según el acto y las circunstancias.

Este cuento de Alicia que nos ha legado la pluma erudita de Lewis Carroll (seudónimo del inglés Charles Dodgson, 1832-1898) es, además de una pieza clásica de la literatura universal, una clara incitación a las circunvoluciones cerebrales de nuestra media esfera derecha.

Si bien la historia de Alicia es un poco, como el juicio contra el naipe de su sueño, es decir absurda, sin mucho sentido final; la narración se ha sostenido por siglo y medio, y ha merecido infinidad de traducciones y varias versiones en la pantalla de plata, gracias a esa invitación a lo onírico, a lo lúdico, a lo intuitivo, a lo irracional, a los ingredientes de lo fantástico y fabulesco que también conforman este mundo práctico que disfrutamos o sufrimos.

No ha de extrañar que el propio autor fuera –a la vez– científico, clérigo y poeta, diversidades existenciales que se reflejan en el texto, donde abundan las pruebas de lógica matemática, las enseñanzas doctrinales y las locuras de la poesía. Entremezcladas todas como en la vida de su creador, quien empleó, para distinguirlas y  separarlas, dos nombres o álter egos, siendo Lewis –el del soñador– el que lo inmortalizó. Porque de Charles Dodgson nadie se acuerda.

Ideal para despertar la imaginación de los niños, Alicia en el país de las maravillas es un relato sencillo que tiene el encanto de saltar de una sorpresa a otra sin quebrantos en el estilo ni en el hilo conductor. Va de exageración a fantasía, de trabalenguas a surrealismo, pasando por la canción y la fábula, siempre de la mano de lo realista, pues en el fondo no se trata nada más que de un sueño como el de cualquier otro infante que ve pasar un conejo entre los matorrales de su antejardín.

Aunque la imaginación de Carroll es desbordada, siempre hay un trasfondo realista  que invita a lo lúdico, al ejercicio mental y ¿por qué no?, hasta a la crítica de ciertas instituciones sociales de su tiempo, como el sistema educativo, los procesos judiciales, la demagogia  política, la manipulación del idioma, etc.

Precisamente, por esa esencia pedagógica que el cuento encierra, es una pieza ideal para inducir a los infantes en temas cruciales de la vida en sociedad, como por ejemplo la logomaquia de nuestros diputados, ejemplificada en el debate de los animales, o el valor de los signos y sus significados, satirizados en el juego de croquet y en el baile de la langosta.

Todo el cuento serpentea por los dominios de la lógica, una de las especialidades de Carroll, y por eso son hermosos sus juegos estilísticos con los sofismas, los sin sentidos, las premisas falsas, las pruebas del error, las tautologías y las incongruencias. Por ejemplo: ¿puede un verdugo decapitar a un cuerpo que es sólo cabeza? O ¿es cierto que el amor es lo que hace girar al mundo? O ¿se puede sacar  una taza de melaza estando dentro de la melaza?

En fin, el libro despierta inquietudes más profundas que su aparente historia de ingenuas aventuras infantiles y es, por lo mismo, que los siglos lo preservan y aun lo consagran con grandes producciones cinematográficas o teatrales que rescatan esa sabiduría de educador que predominaba en los dos hemisferios de Lewis Carroll: por un lado, el matemático de Oxford que trató de explicarse el mundo con ensayos rigurosos como Compendio de Geometría Algebraica Plana o El quinto libro de Euclides y, por otro, el apasionado soñador que dejaba volar tan alto su imaginación literaria que, halagado por el éxito mundial de Alicia, hubo de escribir una continuación con el nombre de A través del Espejo,  la cual ha tenido tanto éxito como la primera.

Y todo no era más que un cuento, un cuento para niños, pero vaciados en él los estímulos al hemisferio derecho e izquierdo del cerebro de todos los hombres del planeta,  con una buena dosis de elegancia en el decir.

Un artilugio poético para emocionar el ying y el yang, como llaman los chinos a esa dualidad de la especie humana que tanto nos intriga e inquieta.

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