Gandoca no está loca

Tovar, Enrique. “Gandoca no está loca”. La República.  (San José, C.R.), 27 de mayo 1995 

La exuberancia de la costa del Caribe hechiza y captura a los visitantes con sus bellas playas y su selva tropical.

Foto de Enrique Tovar

El turista llega al borde del litoral e inmediatamente se siente poseído. Es más, siente la magia del lugar. Las vibraciones son diferentes. El medio tiene una fuerza telúrica, una fuerza invisible que subyuga. En Gandoca, allá por Uvita y Manzanillo en la costa Atlántica, en un día de verano las palmeras –como dice la canción­– están borrachas de sol. La vegetación, el azul oscuro del mar y la radiante luminosidad se imponen. Realmente es una de las más bellas playas de Costa Rica, por eso le han puesto el ojo empresarios y turistas.

Decenas de hoteles, de pequeños y cómodos hospedajes se encuentran a lo largo de la vía entre Puerto Viejo y Manzanillo, dos lugares bellísimos también junto con Cahuita, Puerto Vargas y Punta Uva.

El visitante puede encontrar alojamiento del gusto que desee, desde una habitación doble que pasa los $75 hasta dormir en la playa, a la sombra de un almendro y bajo el arrullo de una palmera.

Desde el año pasado (1994)  se propagó una noticia: en Gandoca hay una loca, derivado del excelente libro de Anacristina Rossi, una de las obras más valientes escritas en nuestro país y concebida con solvencia literaria.

La gente llega al lugar y –especialmente aquellos que no se han leído el libro y que apenas han visto su título o que medio han oído algo– pregunta por la Loca de Gandoca.

En realidad, Gandoca no está loca ni existe ninguna demente suelta en ese bucólico paraje marino. Loca –eso sí– se pone la gente al sentir el rumor de las olas, la brisa salobre, y al embriagarse de las tonalidades verdes de la espesa vegetación. Los sábados y domingos es cuando llegan más visitantes a Gandoca, y el camino está en regulares condiciones, de Penshurt a Cahuita la vía asfaltada presenta muchos huecos y hendiduras ocasionadas por el terremoto del 22 de abril de 1991. Luego sigue la vía lastrada hasta Manzanillo.

¿Y cómo es Gandoca?

Uno de los logros del libro de Anacristina Rossi es que no vacía de un solo porrazo la descripción total y rotunda sobre el Refugio de Gandoca.

Hábilmente esta escritora inserta en determinados momentos pinceladas con el fresco y cautivante aroma de ese Refugio, y el lector, entre pasajes de romanticismo, momentos de coraje y sentimientos quebrantados –que se exponen en la novela– va captando el panorama de Gandoca.

Seguidamente, entresacados de la obra, se ofrecen algunas de las descripciones de la región.

“He sido depositada agotada y laxa sobre la arena de oro. Una manada de congos baja de los árboles a observarme. La que me mira es una mona. Se soba mucho el vientre: está embarazada”.

“Hay mares lisos de un azul índigo uniforme, mares perfectos como el Océano Pacífico. Hay mares con 20 metros de transparencia, como el Caribe en San Blas. El mar del Refugio Gandoca es una cosa distinta.

“No es un mar de buceo porque pasa revuelto diez meses al año. No es azul, tiene un alma cambiante, ora verde, ora violeta, ora gris. No se le puede ofrecer al turista tradicional que mide el éxito de sus vacaciones por el bronceado porque muchas veces llueve y no hay sol. Yo lo conozco bien y sé que no es un mar sino un lugar interior, un temperamento, una importante etapa en el conocimiento de sí. Sentarse en las playas del Refugio Gandoca es trascenderlo todo, incluso su propia arbitraria belleza, sus flores, sus algas, eternas, perfumadas, putrescibles”.

Poesía tropical

“Hundirse en los verdes repastos marinos, en lechos de esponjas…”.

“Los estudios de Álvaro eran casi poéticos. Hablaban de arrecifes fósiles, de los arrecifes vivos, de las esponjas en su frágil e inmensa variedad. Hablaban de moluscos excepcionales y decían que por ejemplo de 60 especies nuevas de algas descubiertas en nuestro país, el 90% eran del Refugio”.

“Los jobos, los cativos, el cashá y los guácimos hijearon. Yo no quiero aquí jardín, quiero la selva. Además no maté nunca los cangrejos, porque son como los trabajadores municipales, procesan la basura. Es verdad que los cangrejos son grandes y atrevidos, entran a la casa y se llevan el pan, los cepillos de dientes o las cajas de fósforos. Por eso hay que dejar todo bien guardado. Son grandes como gatos pero tampoco me decido a agarrarlos y hacerlos en sopa”.

Edén del Caribe

“Los árboles altísimos tapaban el cielo y se afianzaban con esas raíces como paredes que se llaman gambas. La selva intrépida hervía de especies útiles, especies muy antiguas. La selva enmarañada llegaba hasta un cocal y después del coral seguía la arena cremosa. La transición de selva a playa era original: los árboles arralaban y surgían flores grandes, brillantes y endémicas como heliconias. Y frutos prohibidos: manzanas de mono y anonas de mar. Las palmas tenían los troncos anaranjados y estaban invadidas por orquídeas de plena floración. Todo eso iba a desaparecer pronto bajo los bulldozers”, las palas mecánicas, los tractores de oruga”.

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