Color en el mapa literario

Durán Luzio, Juan. “Color en el mapa literario”. La Nación. Ancora.  (San José, C.R.),  23 de febrero de 2003, p. 9


Con la novela Limón Blues, de Anacristina Rossi, culmina el proceso de inclusión al territorio letrado de la patria, de la tradición afrolimonense, que se yergue aquí indiscutidamente como otro de los pilares de la nacionalidad

En un ensayo revelador aparecido en 1954, León Pacheco postulaba que el costarricense, enraizado desde la colonia en el valle central, apenas había comenzado, ya bien entrado el siglo XX, la incorporación de las otras regiones del país a su visión cultural, en especial, a su mapa literario: “Los centros urbanos históricos, situados en la Meseta Central, continúan siendo el escenario de su vida social, económica, intelectual, emocional. El litoral del Atlántico, primero, y el del Pacífico, después, han sido regiones del territorio nacional añadidas muy recientemente a la totalidad del país desde todos los puntos de vista. En ellos viven tipos humanos extraños a nuestras tradiciones: el negro jamaicano y el nicaragüense en el Atlántico. Últimamente, en las nuevas plantaciones bananeras del Pacífico, el nicaragüense y el panameño. El tico es un ser esporádico en esos litorales. Para el habitante de la Meseta Central esas zonas se hallan fuera de su alcance y representan, para las modalidades de su existencia sedentaria y perezosa, la aventura de un mundo nebuloso”

Primicias caribes

Sin duda que desde 1931, con la aparición en forma de libro de los relatos de Bananos y hombres, de Carmen Lyra, se comenzaba a percibir el Atlántico; luego en 1941, Mamita Yunai expande esa mirada primera pero, en ambos casos, la visión era guiada por una perspectiva unilateral: focalizan necesariamente solo el conflicto que entonces creaba entre sus trabajadores locales la célebre compañía transnacional. Tales eran, por lo demás, las urgencias políticas de Carmen Lyra y Fallas, quienes –sobre todo Calufa– con sus obras respondían más bien a las demandas sociales y estéticas de una posición partidista.

Después, con las novelas de Joaquín Gutiérrez, el espacio del Caribe apenas deja de ser el territorio plano de las fechorías de la United Fruit, pues sus obras (Puerto Limón, en 1950 y Murámonos Federico en 1973) si bien de alcance más amplio, situaban otra vez como centro el asunto de los bananales: el hombre blanco de la meseta afincado allí en pugna con las compañías extranjeras. Acaso por eso Cocorí, libre de aquellas presencias, aparezca, más allá de la fábula infantil, como una primera visión amable y mítica de ese escenario espectacular.

Luego sobresalen los cuentos y novelas de Quince Duncan, nieto de aquellos emigrantes jamaiquinos, “tipos humanos extraños a, nuestras tradiciones”, como temió Pacheco.

De niño, Duncan crece en Estrada de Matina, leyendo autores y periódicos ingleses, pero se hace escritor en San José, situado entre la divergencia de dos lenguas, el inglés y el español, con sus culturas diversas y, ciertamente, habitado por regiones diferentes. Aunque en su narrativa el mundo es visto a menudo desde la perspectiva de un hombre negro, estos se refieren más a la vida del valle intermontano que a Limón; dejó, en cambio, la crónica del pasado de su gente en un libro de historia, El negro en Costa Rica, compilado y escrito en 1972 con la sólida colaboración de Carlos Meléndez.

Concurrencia histórica

Pero en estos días, con la aclamada aparición de la obra de Anacristina Rossi, esas tierras y seres dejarán por fin de ser “la aventura de un mundo nebuloso” porque en sus páginas han llegado a ser un capítulo claro y definido en el mapa histórico y humano de la formación de la nacionalidad. Al amplio escenario de esta crónica novelada, que arranca a fines del XX, apoyada en un rico cuerpo de documentos históricos, concurren el negro jamaicano tanto como otros emigrantes caribeños, hispano o anglo hablantes, además del costarricense meseteño. Y a esta convocatoria asisten movidos por los fines más variados, aunque las tres figuras centrales de Limón Blues van impulsadas por el amor: dos historias, una de pasión y otra de afecto, organizan el desarrollo de una novela que alcanza con creces su afán totalizador porque la cultura afrolimonense descrita es la de allí y la de todo el Caribe, y gracias a esas historias el relato se expande hasta Jamaica, Cuba y Nueva York, porque ocurre durante años en los cuales surge un universalismo panafricano encabezado por el polémico Marcus Garbey –el de la Black Star Line– mentor de la fallida cruzada por el retorno al África y personaje importante en la novela. Es por eso que la voluntad de inclusión narrativa de esta obra de cuatrocientas páginas llega más allá del continente: hasta la convulsionada Liberia, utopía soñada y fallida para el retorno del negro americano.

Con Limón Blues viene a culminar el proceso de inclusión al territorio letrado de la patria, de aquella geografía visitada pero apenas editada en las páginas de sus dramas cotidianos. Pero, por otra parte, desde esta novela comienza el desafío para enriquecer, más allá de lo ahora propuesto, la tradición afrolimonense que se yergue aquí indiscutidamente como otro de los pilares de la nacionalidad.

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